Mi Biografía – Guillermo Aliaga

Soy Guillermo Aliaga. Nací en 1986, en Lima, y crecí en una familia que se abrió camino a pulso en Lima. Soy hijo de una familia que migró, por el lado paterno, desde Celendín, Cajamarca, y nieto de una pisqueña. Mis padres estudiaron en un colegio público en San Juan de Miraflores y, como muchas familias que llegaron a la capital buscando oportunidades, fueron mudándose de distrito en distrito: Cercado de Lima, El Agustino, San Juan de Miraflores, Lince, hasta que finalmente nos establecimos en los años 2000 en Santiago de Surco. Mis primeros años transcurrieron entre la Av. Bolivia, en el Cercado de Lima, y Lince. Ahí vi de cerca el abandono de muchos espacios, pero también el esfuerzo silencioso de la gente por salir adelante. En los años noventa la inseguridad se había apoderado del Centro de Lima, y ver cómo el alcalde Alberto Andrade recuperó las plazas y limpió las calles me dejó una marca profunda. Entendí que un buen liderazgo, con carácter y coraje, puede cambiarle la vida a una ciudad entera.

Desde muy chico mis padres me enseñaron el valor del trabajo. Recuerdo claramente mi primer empleo en la imprenta de mi padre: cortar, pegar, cargar papel, resolver problemas sobre la marcha y aprender a no tenerle miedo a empezar desde abajo. Ahí se fue formando mi primera gran virtud: el trabajo duro. Hice del trabajo mi mejor amigo, sé que con él puedo conseguir todo lo que me propongo. Respecto a mis estudios, les cuento que ingresé al Colegio San Agustín, fue un sueño enorme y también un sacrificio gigantesco para mi familia. Para pagar mi primera matrícula, mi papá tuvo que vender su único auto para que yo pudiera estudiar. Saber que mi educación había costado tanto esfuerzo me acompañó todos los días a lo largo de los años. Mientras algunos pensaban en lujos o vacaciones, yo tenía claro que no podía darme el lujo de desaprovechar esa oportunidad. Siempre traté de estudiar y trabajar en paralelo. En el San Agustín fui presidente de la promoción Centenario 2003; esta experiencia me permitió encontrar en mis cualidades en las que no me había percatado antes, mi pasión por guiar, servir y liderar; aquí también encontré en el básquet una gran escuela de vida: disciplina, trabajo en equipo, hermandad, aprender que los partidos se ganan dándolo todo, hasta el último minuto. Esa mezcla de barrio, sacrificio, estudio y deporte moldeó en mí un carácter batallador, de guerrero que no se rinde pero que también sabe cuidar a su equipo.

En mi etapa universitaria estudié Derecho en la Universidad de Lima, por mi interés en el derecho civil y corporativo, y luego cursé una maestría en Derecho Empresarial en la misma universidad. Más adelante culminé los estudios de doctorado en Derecho y Ciencia Política en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Estoy convencido de que, si uno quiere ser parte de proyectos grandes en el Perú, tiene que estar a la altura de lo que el país necesita y, sobre todo, su principal arma debe ser el conocimiento. Al terminar el doctorado me di cuenta de que un segundo superpoder se había consolidado en mí: el amor por el conocimiento. Soy un convencido de que aprender es parte de la vida. El trabajo siempre es la clave del éxito, pero el amor por el conocimiento te da el poder de aprender de otros, la humildad de escuchar a los maestros que han dedicado su vida a estudiar. Así pues, leer, estudiar, anotar, redactar, corregir, volver a empezar. Para mí no es una carga, es una pasión permanente. Durante más de una década he trabajado como abogado minero y empresarial, he sido socio de estudio, gerente general de empresa y hoy soy abogado senior en una firma que litiga y asesora en conflictos complejos. En ese camino, entre ciudadanos, empresas y Estado, se forjó una convicción que hoy es casi un código de honor: el Perú necesita un Estado que premie a quien hace bien las cosas y enfrente con firmeza a quien se enriquece rompiendo la ley.

Mi vocación pública no apareció de la noche a la mañana. Antes de llegar al Congreso fui una vez candidato a la alcaldía de Lince. Aquí entendí que mi ruta de servicio está en el Parlamento, que mi camino es representar. Por eso, en 2020 presenté mi candidatura al Congreso de la República, donde comenzó mi tarea de servir a mi país como siempre lo soñé; ahí asumí la Segunda Vicepresidencia del Congreso. Desde ese espacio impulsé, entre otros cambios, la liberación de aportes de la AFP y la CTS, la obligatoriedad de las declaraciones juradas de intereses y el sistema de sesiones virtuales en plena pandemia. Me tocó dirigir en tiempos de crisis mundial y alta tensión política; eso reafirmó en mí la idea de que el liderazgo real no se ejerce desde la comodidad: se prueba cuando todo tiembla y, aun así, hay que defender la institucionalidad y darle rumbo al país.

Hoy sirvo como vocal titular del Consejo de Minería, un espacio que considero una especie de alto mando técnico donde se decide el futuro de muchas regiones del país. Ahí he reforzado una certeza: buena parte de la inseguridad y la corrupción nace del dinero sucio de la minería ilegal, mientras miles de mineros que quieren hacer bien las cosas siguen atrapados en la informalidad. Mi causa es clara: con el minero que quiere formalizarse, todo; con las mafias que destruyen el territorio y compran autoridades, nada. Mi bandera es la formalización como camino de inclusión económica, orden y seguridad para el Perú, un país donde la riqueza del subsuelo no se convierta en condena para las comunidades ni en combustible para el crimen, sino en motor de desarrollo, justicia y esperanza para nuestra gente.

Quienes me conocen me describen como un guerrero, pero también como una persona que guía y protege a los suyos; y detrás del traje y las responsabilidades hay alguien cercano, jovial y apasionado por los perros; junto a mi esposa disfrutamos cada día la compañía de nuestros huskies. Soy basquetbolista empedernido y salsero cuando hay tiempo para celebrar. En lo político asumo la responsabilidad hasta el final, doy la cara en los momentos difíciles y defiendo lo que creo, aunque incomode. He sabido ganar y he sabido perder, pero tengo algo claro: nunca he vivido derrotado. Lo que hoy me mueve es la idea de que el Perú necesita líderes que se comporten como verdaderos guardianes de su gente, firmes para poner orden, pero cercanos para escuchar y corregir el rumbo cuando sea necesario. Gracias por leer esta biografía en primera persona, sin filtros. Escribir me ayuda a liberarme, a ordenar lo que siento y a recordar por qué empecé este camino de servicio a mi país.

Guillermo

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